PINTURA GÓTICA DEL SIGLO XV.

Te presentamos en esta ocasión dos obras góticas prácticamente contemporáneas pero con sensibles diferencias entre una y otra. Efectivamente la que representa el descendimiento de la cruz es mucho más avanzada técnicamente, su efecto resulta muy realista y emplea herramientas artísticas novedosas para la época y que no se aprecian en la otra tabla, el retablo de San Cristóbal, más arcaico en su concepción y tratamiento del tema y los personajes. La razón de esta diferencia en desarrollo artístico se debe a que la primera obra proviene de Flandes, la región más avanzada de la época en pintura y corresponde a un gran maestro. Por el contrario la segunda pintura es un anónimo español, un artista todavía sin contacto con las nuevas tendencias que venían de Flandes y, además, es un retablo de un pequeño pueblo.


EL DESCENDIMIENTO DE LA CRUZ.

EL DESCENDIMIENTO DE LA CRUZ.

ROGER VAN DER WEYDEN. Óleo sobre tabla. Hacia 1.435

Tal vez sea este el cuadro más importante de este pintor, incluido entre los primitivos flamencos. Los llamamos primitivos porque vivieron y trabajaron en los años finales de la Edad Media. En general, no participaron de las innovaciones del siglo XV en Italia, como por ejemplo la perspectiva, pero introdujeron numerosas novedades con respecto a la pintura gótica tradicional. De Van der Weyden conservamos grandes obras en el museo del Prado y en el Monasterio de El Escorial.

El descendimiento de la cruz es un encargo que recibió Van Der Weyden de la cofradía de ballesteros (arqueros) de Lovaina y ya en la época causó una gran sensación, convirtiéndose en un cuadro muy popular.

Lo más llamativo en principio es la maestría del pintor para encuadrar en un espacio reducido y cerrado por un fondo dorado como si fuese un muro, a diez figuras de gran tamaño, casi natural.

El tema ha sido muy repetido en la historia del arte, pero Van Der Weyden nos crea una atmósfera especial con respecto al episodio que lo hace irrepetible.

Se trata de la tabla central de un tríptico del que se han perdido las tablas laterales. Los personajes se disponen con arreglo a un único plano, no encontramos perspectiva que nos cree la ilusión de lejanía, sólo existe el primer plano, cerrado por un telón de oro. Sin embargo la falta de perspectiva la compensa el pintor con una poderosa corpulencia de las figuras, lo que, junto con un dibujo muy marcado, un ligero sombreado tras los personajes y unos pliegues en los paños muy volumétricos y muy angulosos, nos produce una sensación de tridimensionalidad de tal intensidad, que la obra se nos asemeja a un retablo esculpido y las figuras son casi escultóricas, parecen relieves. Por si fuera poco, puedes observar unas tracerías en los ángulos que imitan madera tallada como la de los retablos esculpidos y ello añade verismo a la sensación de corporeidad de los presentes.

La disposición de los personajes bíblicos es muy inteligente y meditada, la composición parece enmarcada por dos figuras que adoptan la postura de dos paréntesis curvos, San Juan a la izquierda y María Magdalena a la derecha.

El centro focal lo preside la cruz, resaltada en altura sobresaliente en el formato de la obra. Las figuras de Jesucristo y de la Virgen María se articulan en dos líneas paralelas inclinadas, con una postura muy similar y las manos muy próximas.

Estas manos nos muestran la diferencia de color entre un fallecido (tono grisáceo) y la de la Virgen, que está viva aunque desmayada y presenta un tono pálido.

Además estas manos son consideradas como las mejores de esa época en cuanto a expresividad y transmisión de sentimiento. El resto de los personajes son también tratados con enorme minuciosidad, vemos a un joven que descuelga el cuerpo del crucificado, otro personaje tiene un tarro de perfumes en su mano, delante de él está José de Arimatea quien sujeta los pies de Cristo y viste con gran lujo y refinamiento.

El tratamiento de las figuras resulta tremendamente efectista y más allá de lo real, tanto por la expresión de sus sentimientos como por el tratamiento minucioso de sus vestidos. Si te fijas en el azul del manto de la virgen o en los espectaculares bordados en oro de la capa de José de Arimatea, el grosor de las capas, los rostros de sufrimiento y dolor profundos, los turbantes, todo está tratado con sumo detalle y preciosismo. Esto es verdaderamente difícil porque el tamaño de las figuras es muy grande y, cuanto mayor tamaño, más dificultad en perfeccionar los detalles. Y éstos resultan espectaculares, fíjate en las lágrimas de algunos personajes, tan reales que nos recuerdan cristales brillando, las uñas de las manos, los cabellos y las barbas con pelos individualizados, los nudos de la madera de la escalera y las texturas y apliques del vestuario.

Te habrás fijado que por el suelo de hierba hay una calavera y huesitos desperdigados, según la tradición serían los restos mortales de Adán, el primer hombre, que hubiera sido enterrado al pie de la cruz , esperando la venida de Cristo y, por tanto, la resurrección de los muertos.

La potencia excepcional de los colores se debe a la restauración de 1.993, que rescató la portentosa gama cromática original.

Roger Van Der Weyden había nacido en 1.400 y moriría en 1.464. A pesar de ser uno de los mejores maestros de Flandes del siglo XV, tiene ciertas influencias italianas ya que viajó allí y conoció a pintores renacentistas italianos.

Destaca como retratista y sus personajes revelan un profundo estudio psicológico en sus expresiones. Trabajó en Tournai (Bélgica), en 1.432 consiguió el título de maestro pintor y se trasladó a Bruselas. Obtuvo prestigio y fama y por tanto buenos encargos y considerable fortuna. Pintó para particulares y para iglesias y monasterios y su obra más destacada es la que está ante tí.

Murió en Bruselas y fue enterrado en la catedral de Santa Gúdula.


RETABLO DE SAN CRISTÓBAL.ANÓNIMO ESPAÑOL.

SAN CRISTÓBAL

Temple sobre tabla. Hacia 1.450

Representación deliciosa por su primitivismo e ingenuidad. No se conoce la perspectiva y los personajes tienen tamaños distintos según su importancia. Colorido acusado y sin gradación. Contornos gruesos en negro y escenas separadas por cenefas decoradas. La escena central es San Cristóbal, como un gigante, pasando un río (observa la infantil representación del agua, blanca y azul y con peces), lleva a Cristo encima y de ahí le viene el nombre de Cristóbal (portador de Cristo), los detalles son muy simples, pliegues geométricos y rígidos y rostros de gran ingenuidad.

El resto de las escenas refleja la crufixión (arriba, algo dañada), San Blas (dos escenas de la derecha) con su bendición de niños (curó a un niño milagrosamente de morir atragantado al bendecirle y por ello es el patrón de la garganta) y su martirio mediante degollación; San Millán (derecha abajo) exorcizando a endemoniados que tienen diablillos saliendo de sus cabezas y San Pedro (tres escenas de la izquierda) con el milagro de la pesca en el lago Tiberíades, su predicación y la crucifixión al revés, pedida voluntariamente para no ser como Jesús.