La pintura románica brilló con gran esplendor en los altos valles pirenaicos de la actual provincia de Lérida durante los siglos XII y XIII.
Se realizaba en las paredes y techos de las iglesias con la técnica al fresco (pintar directamente sobre la pared usando el huevo como aglutinante). También encontramos, además de los frescos (y los exponemos aquí) frontales de altar y retablos.
La temática es exclusivamente religiosa, santos, apóstoles, vírgenes y escenas de la vida de Jesús. Todo está ejecutado con tal simplicidad e ingenuidad que resulta encantador.
Se desconoce la perspectiva y ni tan siquiera se pretende un mínimo acercamiento al realismo. Eso nos da un aire infantil y libre de complicaciones, los personajes suelen aparecer de forma frontal, con ojos enormes y muy abiertos. Su importancia varía según su tamaño (cuanto más grandes, más importantes en jerarquía). Aparecen muy marcados los contornos en negro y el relleno de color, muy vivo, es uniforme, sin gradación.
No aparece el paisaje, sólo importan los personajes puesto que se pretende ilustrar al fiel para trasmitirle la Biblia mediante las imágenes. La mayoría de la población era analfabeta y únicamente podían recibir los mensajes a través de simples escenas fácilmente comprensibles.
Las anatomías resultan sorprendentes en su simplificación ya que músculos, miembros y pliegues de la vestimenta están tan abocetados y geometrizados que crean una imagen sencilla y atrayente. Nada de sensualidad ni belleza corporal, eso era delicado de representar teniendo en cuenta que el sexo en la época era tabú y fuente de pecado y condenación eterna.
A la izquierda puedes ver a un personaje que vierte agua de una gran tinaja a otras tres más pequeñas y, curiosamente, el agua se divide en tres para dirigirse a las tres jarras del suelo, se trata de una alegoría de la Santísima Trinidad. En la hornacina del ábside se encuentran San Esteban y sus compañeros recibiendo el anuncio de un ángel.
San Rafael, San Gabriel y San Miguel aparecen en cuatro escenas alusivas a sus hazañas y vivencias. Se ve a los dos primeros sosteniendo un ánima sobre una sábana blanca. San Miguel en la otra escena lucha con el demonio, transfigurado en dragón. En la tercera ventana, el mismo arcángel pesa un alma y el diablo intenta graciosamente con su patita descompensar la balanza para lograr la condenación eterna del difunto. En la cuarta el arcángel recibe un flechazo en un ojo.
Un carro de fuego a la izquierda alude a Elías, profeta que fue llevado al cielo en semejante vehículo. El serafín multialado ( criatura de los coros celestiales asistente al trono de Dios) tiene los ojos de Dios por todas partes y el profeta Elías se arrodilla ante él.
Cristo en majestad se recorta sobre dos óvalos. Está en actitud de bendecir y sostiene con la mano izquierda las Sagradas Escrituras. A cada lado vemos seis personajes, los doce apóstoles, sosteniendo cada uno su atributo identificativo (llaves de San Pedro, rollos, libros, etc).
En este fragmento San Esteban muere lapidado por unos esbirros que le arrojan piedras y ya han conseguido que sangre por la cabeza, señal de su próxima muerte. Con su rostro inexpresivo pero deliciosamente primario, se encomienda a Dios, quien desde su sagrada mano le envía un rayo con su bendición. Los ropajes, los rostros, las tripitas y las piedras son enormemente simples y expresivos.
Como no podía ser de otra manera, San Esteban es el patrono de los canteros.
Detalle de este conocido ábside donde Jesús bendice desde lo alto. Se ve muy bien la geometrización del cabello, rostro, ropajes, etc. Los colores son intensos y planos (no tienen tonalidades distintas). Estos sencillos rostros mueven a la piedad y la devoción, son la presencia divina en el interior de la iglesia y el fiel siente interiormente esa presencia beatífica que le llevará a la salvación.