Durante el periodo barroco (siglo XVII fundamentalmente) existió un gusto por lo macabro y hasta a veces lo desagradable y lo feo, a diferencia de lo sucedido en el periodo precedente, el renacimiento, y del posterior, el neoclasicismo.
Muchas veces el reflejo en pinturas de cosas feas y morbosas tenía una motivación de carácter religioso, por ejemplo representar cadáveres en putrefacción comidos por gusanos o esqueletos portando la guadaña y el reloj de arena y calaveras por todos lados. En estos casos se pretendía convencer al cristiano de la brevedad de la vida, del avecinamiento de la muerte y sus horrores, de la necesidad de prepararse para el más allá y por ello comportarse de acuerdo a las enseñanzas de la iglesia.
España se convirtió en el campeón del catolicismo, un país enfrentado a reformistas luteranos y calvinistas o incluso anglicanos. La monarquía española basaba su autoridad moral en la religión, los reyes eran "majestades católicas" y la alianza con la santa sede fue (y es) muy estrecha.
Había pues que utilizar el arte al servicio de la religión y como propaganda de las buenas obras, del arrepentimiento y de acompasar la vida al ideal de Jesucristo.
El siglo XVII supuso la ruina económica del imperio español y una decadencia política y social tremenda, pero en el mundo artístico fue el "Siglo de Oro". Legiones de escritores, arquitectos, escultores y pintores surgen con fuerza y calidad en todas las regiones. Seguro que conoces a Velázquez, Murillo, Ribera, Zurbarán, Valdés Leal y otros muchos. En sus obras abundan los pobres, tarados, lisiados y bufones. Fenómenos horrendos, suplicios terribles, torturas, martirios y escenas de terror aparecen en cuadros barrocos, pero también existen pinceladas macabras en cuadros renacentistas e incluso neoclasicistas y eso es lo que te ofrecemos en esta exposición.
¿A que no hiere tu sensibilidad?
Terrorífica escena mitológica que recrea la leyenda de Saturno, dios del tiempo y de la muerte quien, amenazado por el oráculo sobre que un hijo suyo lo destronaría, decidió comérselos a todos. Aquí le vemos desesperado, nervioso y crispado devorando un frágil cuerpecito al que ya le ha arrancado la cabeza y los brazos. La visión del dios como un viejo frenético cuya boca es una fauce negra, cuyo pelo se agita hacia un lado mostrándonos las dentelladas convulsas como si fuera un depredador y las manos apretando horriblemente el cuerpo de un hijo, nos conforman un cuadro sobrecogedor que estremece por su crueldad y violencia desatada.
Sabemos que, en el colmo de lo horrendo, Goya le pintó el pene erecto, simbolizando el placer sexual del viejo mientras practica el canibalismo. Posteriormente, los censores de la época borraron ese pene, escandaloso para aquellos tiempos. Algunos críticos creen que el cuerpo devorado es femenino por las nalgas anchas y no sería de niña sino de joven, lo que añadiría morbo sexual a una escena ya de por sí fuertecita.
Goya retrata el cuerpo de Saturno, dios de lo seco y caduco, como un conjunto de pinceladas sueltas, manchas de color que marcan miembros apenas insinuados como sus piernas (parecen muñones), brazos y tronco.
Tiene los ojos fuera de sus órbitas y la sangre mancha sus manos, su hijo ya está sin cabeza pero él sigue el festín con un frenesí de violencia difícilmente superable. El fondo negro consigue dos cosas: no nos distrae del tema representado y acentúa la sensación de horror con la oscuridad. Seguramente no encontrarás un cuadro más expresivo que éste.
Conocida escena que refleja una enfermedad hoy curable pero en aquellos tiempos (siglo XVI) no. Ribera se fijó en un caso real: a la señora representada, al tener su cuarto hijo, le cambió su metabolismo y le salió barba. Así la escenita no tiene desperdicio: marido y mujer con barbas pobladas, y ésta última con un seno descubierto dando de mamar a su último retoño. Como en todo cuadro barroco hay un fuerte contraste de colores vivos y una exagerada luz artificial destacando los personajes mientras el fondo presenta un negro profundo.
Ribera pasó casi toda su vida en Italia y de ahí su alias y se le conoce por ser el máximo representante del tenebrismo, es decir contrastes impactantes de luces-sombras y escenas sombrías.
José de Ribera pintó muchas escenas de crueldades, martirios y ejecuciones. El cuadro que contemplas recoge una escena común en los martirios de santos durante los primeros tiempos del cristianismo, se trata del desollamiento, o arrancamiento de la piel dejando a la vista los tendones y músculos. La muerte no era inmediata y el mártir sufría durante horas viéndose desollado y frecuentemente soportando que los verdugos le echasen vinagre y sal en las zonas afectadas. Muy barrocos son los efectos lumínicos fuertemente contrastados, las posturas en escorzos forzados y los gestos exagerados de los rostros.
Conocida obra de la National Gallery de Londres en la que Holbein, pintor renacentista alemán del siglo XVI, retrata a dos amigos ricamente vestidos. Se trata del embajador de Francia en Inglaterra y de su amigo. Ambos posan elegantemente rodeados de objetos con un lenguaje simbólico. El espectacular colorido y el preciso dibujo añaden prestancia a la escena.
No obstante todo lo anterior, lo que realmente resulta sorprendente e inesperado para los observadores del cuadro es la extraña forma que figura en primer término junto al suelo de mármol. ¿Puedes identificar de qué se trata? ¿Es difícil, verdad?. No te preocupes, ahora sitúate a la derecha del todo, mirando el cuadro lateralmente y podrás observar como se ha configurado... ¡¡ una calavera !!
Este curioso efecto óptico se llama ANAMORFOSIS. Consiste en distorsionar fuertemente una forma para que sólo pueda ser contemplada desde un único punto de vista, generalmente un extremo lateral, mientras que desde otros ángulos no se sabe qué es.
Escena curiosa y con indudable gracia, como todas en El Bosco, en la que aparecen cuatro personajes súmamente llamativos. La leyenda escrita en el cuadro dice: ”Saca fuera la piedra. Mi nombre es Lubbert Das”. Este supuesto nombre puede traducirse por “bajito y castrado” o según algunos sería el equivalente en Flandes a persona simple y boba. Analizando uno por uno los personajes, de izquierda a derecha tenemos un supuesto cirujano que opera brutalmente al paciente extrayéndole la “piedra de la locura”. Va ataviado con traje largo y un embudo en la cabeza. De su cinturón cuelga una bolsa de dinero.
El siguiente es el paciente intervenido, con cara de simplón, paticorto y barrigudo, que se deja hacer. Otro es un fraile, que habla al paciente y sostiene una jarra. Por último, apoyada sobre una mesa está una religiosa con su hábito que observa la intervención quirúrgica entre aburrida y curiosa y sobre su cabeza mantiene un libro cerrado. Todos estos elementos son una clara denuncia de la credulidad de algunos y del descaro de otros para ganar dinero a costa de esa credulidad, sazonada de ignorancia y fanatismo. El crédulo es el operado, que cree que le van a curar la locura sacándole una piedra del cerebro. Su bolsa de dinero está atravesada por un puñal (significa que está siendo estafado). El “cirujano” tiene su bolsa bien rellena (ha ganado dinero mediante el engaño al tonto) y el embudo del revés simboliza que sólo recibe, no da (a cambio de no hacer nada realmente, cobra una suma de dinero). El fraile, cómplice del timo, implica a la Iglesia en la fabricación de falsas creencias, miedos y misterios para obtener beneficios económicos de los ignorantes. La religiosa, sostiene el libro cerrado, símbolo de la incultura y la desinformación, también lleva una bolsa colgada.
Si te fijas bien, la piedra no es tal, sino un tulipán negro, al igual que el que hay sobre la mesa y es el símbolo del dinero, es decir, al crédulo se le saca el dinero.
El Bosco denuncia así las creencias populares absurdas y acientíficas que permiten a desaprensivos aprovecharse y enriquecerse. ¿ No nos suena esto familiar actualmente con respecto a videntes, adivinadores, sanadores, visionarios y otros especímenes que dicen adivinar nuestro futuro mediante métodos ridículos?