LOS NIÑOS EN LA PINTURA.

Todos los artistas se han sentido alguna vez inspirados por los niños y podemos encontrar a muchos de ellos como protagonistas de obras pictóricas y escultóricas.

Es fácil comprender los motivos de la gran atracción del mundo infantil para los pintores: los niños son la máxima expresión de la sencillez, la ingenuidad, la credulidad, la sinceridad y los sentimientos puros. Están al margen de convencionalismos sociales, de hipocresías y de apariencias. Al no estar condicionados por la sociedad, se muestran tal y como son, dicen lo que piensan y actúan según su instinto.

Los artistas saben captar esta ingenuidad infantil tan encantadora como una vacuna contra una sociedad adulta que es con frecuencia cruel y complicada, despiadada y agresiva. Autores como Goya, Velázquez, Murillo, Renoir y otros han retratado a niños y niñas con tal encanto, que están para comérselos. Compara las propuestas de estos maestros y disfruta con los protagonistas de la etapa más recordada por el adulto y el anciano: la niñez.

Dos hermanas (En la terraza). Auguste Renoir. 1881.

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Luz y color triunfan en esta preciosa escena de dos hermanas, una mayor y la otra todavía una niña, que aparecen ante nosotros ricamente ataviadas y con una actitud diferente. La mayor, pasada la adolescencia, presenta un rostro de rasgos ya formados, su mirada está perdida en la lejanía ¿tal vez contempla a un apuesto joven? Y no presta atención a su graciosa hermana pequeña, que juguetea con el cesto lleno de ovillos y mira en sentido opuesto al de su hermana, posiblemente a su madre que le estará diciendo: ¡ cuidado con el canastillo!, ¡ deja eso!, ¡ vas a cobrar! O algo por el estilo.

Las dos chiquillas llevan vestidos de colores, tocados de flores y bandas de adorno. A todo esto se suma la hamaca de colores, los hilos del cestillo y las flores de la vegetación que sirve de fondo. Si te fijas puedes descubrir el río al fondo, cuyas aguas son surcadas por unas canoas con remeros. Es la plasmación de lo fugaz, del momento pasajero que tanto les gustaba a los impresionistas. Por último, te invitamos a reparar en la dulce expresión del rostro de la niñita, tan sonrosada y tan encantadora.

El príncipe Baltasar Carlos cazador. Velázquez.1636.

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Deliciosa visión del príncipe a la edad de 6 años demostrando sus dotes de cazador. Baltasar Carlos era hijo de Felipe IV e Isabel de Borbón y todo el mundo esperaba que se convirtiese en rey a la muerte de su padre. Era un niño muy prometedor, valiente y disciplinado, buen cazador y con dotes de mando. Sin embargo, su temprana muerte a los 16 años en Zaragoza truncó todas estas expectativas y obligó al rey a una carrera para lograr descendencia masculina con otra esposa, Mariana de Austria, prometida de su hijo y mucho más joven que él.

El cuadro nos muestra al príncipe de pie, con el arma y traje de cazador y unos espectaculares guantes de piel. Su expresión es a la vez de aplomo y de ingenuidad infantil, de seguridad y de travesura. El paisaje del fondo es la sierra de Madrid hacia El Escorial. Podemos admirar el tabardo grueso y mate de piel, en contraste con las mangas de tejido brillante y ligero, el pelo limpio del chiquillo y su gorro, graciosamente ladeado.

Le acompañan dos perros, uno, un perdiguero, tranquilamente dormitando mientras el galgo dorado es un nervio puro y su mirada resulta muy viva. Es una pena que el lienzo fuese cortado en su lado derecha para encuadrarlo, lo que ha amputado una parte de este último perro y ha descentrado ligeramente la escena.

Los niños de la concha. Murillo. 1675.

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En este otro óleo, pintado entre 1.670 y 1.675, vemos dos niños de hermosura idealizada pero muy naturales. Es un cuadro famosísimo de Murillo. Cristo niño da de beber en una concha a San Juan Bautista y señala hacia la luz, de donde surgen angelotes fundidos con las nubes.

El trágico fin que espera a los dos niños (uno degollado y el otro crucificado) está simbolizado por los negros nubarrones del fondo. Desde luego Cristo y San Juan Bautista no se conocieron hasta el episodio del bautismo en el río Jordán, cuando ya eran adultos, pero el rigor histórico nunca le quitó el sueño a Murillo.

Puedes ver la expresión "ecce agnus dei" (este es el cordero de Dios) en la cinta de la cruz de San Juan, así como un corderito regordete, símbolo de Cristo y compañero de juegos de los dos chiquillos, hace el mismo papel que el perrito del cuadro anterior.

Esta combinación de realidad tangible y ambiente espiritual es la principal razón del atractivo y popularidad de Murillo.

Niños comiendo melón y uvas. Murillo.

Los niños de la concha. Murillo. 1675.

Tal vez sea éste el cuadro más conocido de tema infantil del famoso pintor sevillano. Dos mozalbetes están sentados comiendo fruta. Son sin duda niños abandonados de los muchos que pululaban por la Sevilla de la época, azotada por la crisis económica. Las calles estaban atestadas de chiquillos pobres y abandonados por sus familias que se ganaban la vida mendigando o robando. Observa cómo los dos pilluelos están devorando el melón y las uvas con verdadera ansia, van vestidos con harapos y están tirados en la calle. Muestran un gesto de pillines y golfillos en sus miradas chisporroteantes y puedes ver sus uñas negras, pies sucios y aspecto desaliñado. Como curiosidad, hay varias moscas en el melón y el niño del moflete hinchado acaba de escupir una pipa que vuela por el aire.

Murillo utiliza un fuerte contraste luces-sombras y un predominio de tonos ocres. Es un cuadro naturalista porque muestra la realidad tal como es, con sus imperfecciones y fealdades. Murillo hace gala de una extraordinaria sensibilidad al pintar a los chiquillos con una gran dignidad y con un cariño exquisito que nos hace cómplices de sus andanzas y nos mueve a una sonrisa comprensiva.

Niños en la playa. JOAQUÍN SOROLLA.

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Sorolla es el pintor de la luz y las playas valencianas. Los cuerpos de los niños sobre la arena mojada son reflejos de agua y luz solar, desnudos bellos y relajados de un sentir mediterráneo magistralmente captado.

Sorolla acudía a menudo con su caballete a las playas de su Valencia natal ( El Saler, Malvarrosa ) para captar la esencia de la luz y la atmósfera mediterránea. En este caso los cuerpos desnudos de los niños son la excusa para tratar la luz y las sombras, los reflejos y el aire. Debes observar las sombras malvas, marrones e incluso blancas así como los maravillosos reflejos del agua sobre la piel infantil expuesta al sol. ¡¡ Qué a gusto se debe de estar en la orilla del agua, en la playa, dejándose acariciar por el sol, el aire y las olas !!.