Aunque ya hemos expuesto obras impresionistas ( y concretamente de Monet) en una exposición monográfica que tuvo mucho éxito, ahora te ofrecemos una segunda exposición especial con las nuevas adquisiciones sobre este pintor, tal vez el más genuino representante de esta tendencia artística tan conocida y apreciada que llamamos Impresionismo.
Monet (1840 - 1926) estaba centrado en la representación del momento fugaz e irrepetible, en la existencia y no en la esencia, en la atmósfera, el aire y la luz. Todas las cosas que contemplamos no son inmutables sino que nuestra percepción de las mismas cambia según las contemplemos de día o de noche; con luz natural o artificial; en días claros o nublados; al amanecer, al mediodía o por la tarde; un día primaveral o invernal; en días despejados o con calima, niebla, etc. Es por esto por lo que un buen viajero debe tomar contacto con una ciudad o un entorno en todas las condiciones atmosféricas y lumínicas posibles. Sólo esto le permitirá conocer profundamente ese escenario.
A los impresionistas, y concretamente a Monet, les atrae mucho todo lo que está sujeto a cambios, por eso pintan flores, nieve, agua, nubes, humo, etc. Pero como un instante puede bastar para cambiarlo todo, el pintor debe darse prisa en su trabajo para captar lo instantáneo puesto que, un minuto después, la luz habrá cambiado al igual que las nubes, el agua o cualquier cosa de las representadas.
Se pinta al aire libre, única manera de aprehender todo lo indicado. Monet pinta tanto paisajes naturales como urbanos, escenas de ríos, estanques, lagos, catedrales, calles, estaciones, su producción es enorme.
La contemplación de estas obras debe hacerse desde cierta distancia para apreciar toda la belleza que son capaces de desplegar, que es mucha. En estas obras que te proponemos observar con detenimiento y atención, te vas a dar cuenta de todas las características del Impresionismo ya citadas y además de que pinta sin contornos, no utiliza el color negro y las pinceladas van en colores puros, sin mezcla.
Seremos nosotros, o más bien nuestro sentido de la vista, el que mezcle las pinceladas de color desde cierta distancia.
Verás como en la contemplación de estas maravillas te va a parecer que el aire contenido en las escenas es respirable, es real y existe. Los efectos atmosféricos tamizan y modifican nuestra percepción de paisajes, sean urbanos o rurales.
Todo es muy sugerente y alude al invierno, al frío y a lo pasajero y coyuntural. Así el cielo plomizo de nubes muy oscuras presto a nevar, la nieve del suelo a veces limpia y blanquecina y en otros lugares grisácea y sucia, el penacho de humo negro procedente de la locomotora a vapor, el humo de las fábricas lejanas y sobre todo la luz, esa luz tan característica de las mañanas de invierno con nieve, oscuras por el cielo pero luminosas por la nieve. Un elemento rompe la monotonía cromática de blanco-gris y añade riqueza y originalidad: las luces rojas parpadeantes del tren.
Las pinceladas son muy sueltas y el resultado es muy poético. ¿A que te gusta?
Aquí tienes una de las tres vistas tomadas desde puntos muy próximos en las que se ve la conocida curva del Támesis en Londres. La luz es tan intensa que parece surgir del propio cuadro y se trata de la típica luz blanquecina intensa de los días en que el sol va superponiéndose a la neblina. Así se mezclan niebla, rayos de sol, humedad ambiental y humo de las fábricas del fondo. El puente ferroviario de Charing Cross (existente en la actualidad) hace de referente espacial y permite ver la famosa torre del Big Ben junto a los edificios del parlamento de Westminster. Una barca surca las aguas del río y éste se deja tocar por los brillantes destellos de los rayos del sol.
Segunda vista de la misma zona londinense con un atardecer encendido que marca la lucha entre el sol y la niebla tan característica de la capital británica. La torre de la reina del Parlamento se asoma desdibujada, difuminada, sobre la superficie del río. La predominancia del color rojo, junto con la atmósfera indefinida consigue un ambiente sugerente y casi irreal, pero, aunque pueda parecer una exageración de Monet, la naturaleza suele ser extrema y apasionada en sus colores y efectos. El pintor sólo se inspira en ella y la imita.
Verde y plata son los colores dominantes en esta tercera composición dedicada al Támesis y Westminster. Los edificios presentan esta tonalidad verdosa y los rayos blanquecinos sobre el río convierten la superficie del agua en un espejo plateado.
El conjunto de las tres vistas te brinda la posibilidad de apreciar la misma vista urbana en horas distintas y condiciones atmosféricas variadas.
Este cuadro es uno de los varios que forman la serie dedicada a esta maravillosa catedral gótica de Rouen (Francia). Monet acudía a la plaza para captar la fachada catedralicia con sol, niebla, nubes, al amanecer, atardecer, mediodía, en verano, en invierno, con nieve...
Los matices de la luz sobre la fachada llena de gabletes, ventanas ojivales, esculturas y torres son muy bellos.
Lo efímero del humo hechizó a los impresionistas y Monet hizo una serie de vistas de esta estación parisina con sus andenes, pasajeros, trenes y marquesinas. El ferrocarril, recién inventado era el símbolo de lo fugaz y cambiante, es decir, lo que los impresionistas adoraban captar en sus telas.
Una de tantas vistas de nenúfares de su propio jardín que resalta la belleza de las pequeñas cosas y que a veces no nos detenemos a contemplar. Un nenúfar es una planta curiosa, nace en el agua y hace emerger sus hojas y flores, por lo que es muy común en estanques como el que tenía Monet en su casa de Giverny.
No podía faltar Venecia entre los paisajes urbanos admirados y plasmados en lienzo por un pintor tan sensible a la belleza como Monet.
Aquí vemos la isla de San Jorge Mayor con el campanario y la iglesia que ocupan esta pequeña isla situada frente a la basílica y plaza de San Marcos.
Las tonalidades se conforman en un espectacular muestrario desde el azul del cielo hasta el rojo encendido pasando por el amarillo y el naranja y todos ellos reflejados en la laguna véneta. A la derecha y en la lejanía se aprecia la cúpula de otra iglesia: Santa María della Salute.
Esta vista del Sena en Vetheuil, cerca de París, tal vez te resulte familiar ya que expusimos hace tiempo una desde el mismo sitio pero en la época de deshielo.
Contémplalo desde cierta distancia y verás como de simples pinceladas de colores puros yuxtapuestas se logra una sensación de atmósfera limpia y precisamente definida. El cuadro resulta de una belleza deslumbrante al plasmar muy fidedignamente los matices naturales como los brillos del agua, árboles, cielo, etc.