Acompañando a nuestro tradicional belén, la PINACOTECA COSSÍO quiere sumarse a la celebración de la navidad con una exposición dedicada al nacimiento del niño Jesús así como a Vírgenes con el niño, dos temas iconográficos muy repetidos en todas las épocas y en todos los estilos.
La temática religiosa referida al nacimiento, la adoración de los pastores, de los Reyes Magos, o las Madonas (vírgenes con el niño en su regazo) son muy abundantes en todo el mundo cristiano y en esta ocasión puedes comparar cómo distintos autores han interpretado este relato evangélico. Desde el mosaico bizantino hasta el arte barroco de Murillo, pasando por el renacimiento de Rafael, Piero della Francesca, Vittore Carpaccio, El Greco y los primitivos flamencos Van Eyck y Van der Weyden.
Esta pintura es una delicada composición de dos retratos suaves y amorosos de la Virgen y el niño Jesús. La composición triangular subraya la ternura y la gracia de los dos personajes. María amamanta a Jesús que aparece algo distraído mirando amorosamente a su madre. Rojo, negro y ocre suave son los colores que se reparten la superficie y el fondo es neutro, lo que nos concentra la atención en los rostros. Los dedos de manos y pies refuerzan el lenguaje comunicativo y aportan una gracia indudable al conjunto
En unos tonos muy suaves y agradables, predominando el azul y el rosa, destaca la ternura de esta composición del Quattrocento italiano. El gran Botticelli destaca por sus escenas cariñosas y sensuales, siendo sus cuadros más conocidos "El nacimiento de Venus" y "La Primavera". El estudio anatómico, la perspectiva lograda con arquitecturas y líneas de fuga, el paisaje del fondo y la sensación de veracidad confieren a esta Virgen un atrayente ambiente tan típico de la etapa renacentista.
Este pintor veneciano del Quattrocento presenta la típica iluminación veneciana en sus composiciones. En esta escena religiosa vemos una gran planificación en la disposición espacial de los personajes además de un paisaje muy quattrocentista, con rocas y arquitecturas urbanas muy perspécticas. Los personajes resultan ser un poco simplistas pero ahí radica su encanto.
En este óleo pintado en 1.650 nada aparece como divino o celestial, es una escena familiar, un hogar feliz con una deliciosa estampa cotidiana. El niño Jesús y el perrito se comunican con complicidad mientras San José coge al niño con ternura y delicadeza, mostrándose protector y vigilante como buen padre.
Algo apartada está la Virgen María, que hace un alto en sus tareas (hilar y tejer eran consideradas actividades típicas femeninas y símbolo de las virtudes de la mujer) para contemplar divertida y satisfecha a su marido e hijo mientras se come una manzana.
El colorido es escaso y contenido pero la luz ofrece un potente foco proveniente de la izquierda que ilumina frontalmente al niño, al perrito y los rostros de la Virgen y San José, pero deja en acusada penumbra el fondo, en un contraste muy barroco.
San José está muy destacado en el cuadro porque en aquel tiempo era objeto de especial devoción, se le consideraba la personificación de la generosidad, abnegación y discreción.
Como alarde técnico destacable, la rueca está girando (fíjate en el hilo) , algo muy difícil de representar en óleo. Detrás de San José aparecen la mesa, el taburete y sus instrumentos de trabajo de la carpintería. Por cierto, ¿ dónde está el pajarito?.
Impactante escena de la virgen con el niño sentada en un trono, teniendo a la izquierda a San Donaciano, a la derecha a san Jorge quitándose el yelmo y presentando al donante, el canónigo Van Der Paele. Era frecuente en la época que una persona adinerada encargase y pagase la obra cuidando de hacerse representar al lado de la Virgen, arrodillado en posición de veneración pero en el mismo espacio y tiempo que ella.
Este cuadro nos presenta un espectacular derroche de colorido y una minuciosidad en los detalles que nos exige dedicarle tiempo para observarlo todo con tranquilidad.
La escena se desarrolla en el ábside románico de una iglesia, la Virgen ocupa una posición central, subrayada por el rojo encendido de su manto, el trono bellamente tapizado y la alfombra a sus pies. El niño se asusta ante san Jorge. San Donaciano va vestido con una riquísima túnica bordada y San Jorge con traje de combate. Nuestro amigo Van Der Paele porta una túnica blanca y su retrato es de una pormenorización tal, que vemos en su rostro a un anciano orgulloso. Puedes contemplar las venas, las arrugas, los cabellos, etc. Es un estudio al máximo detalle realizado por un Jan Van Eyck verdaderamente observador y virtuoso del pincel.
Típica composición renacentista, cuyo autor, Piero della Francesca se caracteriza por su obra religiosa. Como puedes comprobar, la escena se desarrolla en una arquitectura clásica, un gran nicho con revestimientos de mármol que refuerza la perspectiva mediante la bóveda que se empequeñece y las líneas de fuga que se generan. En cuanto a los personajes, Piero logra una sensación de tridimensionalidad y volumetría reflejando a personajes con tal fuerza plástica que se diría fuesen esculturas. Su disposición en semicírculo subraya también la perspectiva y refuerza la centralidad de la virgen con el niño. Federico de Montefeltro aparece como donante, de rodillas y vestido militarmente delante de la virgen.
Los personajes son, además del duque y la virgen, seis santos y cuatro apóstoles.
La composición en triángulo y el suave giro helicoidal del cuerpo de la Virgen muestran una distribución de volúmenes muy cuidada. Las suaves transiciones luz-sombras, junto con el típico esfumado inspirado en Leonardo son muy apropiados recursos para una escena tan tierna como esta.
El paisaje resulta prodigioso ya que está minuciosamente tratado y se va difuminando progresivamente, marcando así la distancia y tridimensionalidad.
Por último, observa la delicadeza del rostro de la Madona, la luz que baña los regordetes cuerpos de los niños (contrastados con el oscuro manto de la Virgen)
Detalle de un friso que recorre los dos laterales superiores de la nave central de esta iglesia bizantina de Rávena.
Podemos señalar algunos detalles curiosos, por ejemplo...¿dónde está el rey negro, Baltasar? Pues es el de la izquierda (tiene el nombre encima) y es blanco y con barba oscura. Hay que tener en cuenta que la leyenda de los reyes magos carece de rigor histórico (aunque se asegura que sus reliquias están en la catedral de Colonia) y por eso en este mosaico aparece con una raza que no es la tradicional.
El paisaje es impresionante en sus detalles: plantas variadas, palmeras datileras, florecillas, césped...Los tres soberanos no portan coronas sino un original tocado y unas capas sobre peculiares pantalones y bellas casacas. El calzado es diferente en los tres casos en cuanto a colorido y diseño. El oro, incienso y mirra son llevados en grandes recipientes.
Tal nivel de detalle se logra al combinar teselas de muy pequeño tamaño con colorido intenso y sofisticada gradación de las tonalidades.
Uno de sus últimos cuadros y lo pintó para sí mismo, iría destinado a su cripta funeraria en la iglesia de Sto. Domingo el Antiguo de Toledo, pero desapareció de allí cuando su hijo, Jorge Manuel, lo vendió para pagar sus deudas de juego. Los personajes son extraordinariamente alargados y retorcidos, figuras gigantescas y "flameantes". La gama de colores es amplia e intensa: amarillo, verde, azul, naranja, blanco, rojo, etc.
La luz parece proceder del niño Jesús y baña todo a su alrededor. Tradicionalmente se ha pensado que el pastor anciano arrodillado en primer término es el propio pintor autorretratado. A su lado hay una mancha blanca, obsérvala con atención y verás que es un cordero (cordero de Dios). La colocación de las figuras rompe los moldes tradicionales, fíjate en el buey que curiosa postura y colocación tiene.
Como cuestíon recurrente en El Greco , la coexistencia del cielo y la tierra en la misma escena, aquí en el cielo puedes ver angelotes regordetes desnudos y otros vestidos, todos ellos alados. Las arquitecturas del fondo están tan simplificadas que resultan muy inconcretas, pero añaden cierta perspectiva.